Nadie dijo que sería fácil, pero al darme cuenta de tus extrañas reacciones sólo ahora logro descubrir que tu extraña forma de ser es la fuerza de gravedad que nos lleva siempre hacia ti. Son años de amistad que hasta el día de ayer no habían tenido sobresaltos, sino solamente buenos momentos, algunas discusiones típicas de las relaciones humanas y muchas, muchas copas en el inventario de espacios y tiempos compartidos.
Pero nunca esperé que de un momento a otro- obviamente después de una de nuestras interminables reuniones entorno a esos quesos y esos vinos- todo lo que se creó durante los largos años se destruyera por una palabra, por un hecho.
Todo iba bien, primero llegaste, luego los demás invitados y se inició esa conversación típica de personas que no se ven en años, que buscan encontrar o retomar aquella vieja confianza para así dar rienda suelta al cúmulo de situaciones y sentimientos que durante tanto tiempo estuvieron guardados bajo llave, esperando ver a los antiguos compañeros con los que compartiste gran parte de tu propia historia.
Luego destapamos el vino y comenzó el viaje por las antiguas discusiones, los recuerdos y esas nuevas situaciones, esas historias que en algunos momentos causaron más dolor de lo esperado. Siguieron las bromas, esas que no pasan de moda y en las cuales volvemos a caer una y otra vez.
Llegó la segunda botella, el corcho tenía ese aroma a madera que nos invitaba a continuar con los cuentos y a dejarnos llevar por el embriagante sonido de tus palabras que una vez más animaban nuestro encuentro. Tú sabes muy bien que tienes esa capacidad de hacernos viajar por el espacio de las palabras, por un mundo imaginario que en realidad es sólo una muestra de tu vida cotidiana.
Pero de repente todo terminó. Se acabó vino, el queso solamente expelía un hedor nauseabundo y el encuentro finalizó, todos de pié y nos dispusimos a salir del lugar que nos cobijó por eternas 4 horas.
Y ese fue el último instante en el cual la magia nos rodeó, después de compartir una vida, ese último acto fue algo decidor en la historia de nuestras vidas. Para unos fue un golpe por la espalda, para los otros un suicidio, porque ese efecto embriagador del vino y tus palabras, simplemente nos condujeron al último punto en común: el fin.
Pero nunca esperé que de un momento a otro- obviamente después de una de nuestras interminables reuniones entorno a esos quesos y esos vinos- todo lo que se creó durante los largos años se destruyera por una palabra, por un hecho.
Todo iba bien, primero llegaste, luego los demás invitados y se inició esa conversación típica de personas que no se ven en años, que buscan encontrar o retomar aquella vieja confianza para así dar rienda suelta al cúmulo de situaciones y sentimientos que durante tanto tiempo estuvieron guardados bajo llave, esperando ver a los antiguos compañeros con los que compartiste gran parte de tu propia historia.
Luego destapamos el vino y comenzó el viaje por las antiguas discusiones, los recuerdos y esas nuevas situaciones, esas historias que en algunos momentos causaron más dolor de lo esperado. Siguieron las bromas, esas que no pasan de moda y en las cuales volvemos a caer una y otra vez.
Llegó la segunda botella, el corcho tenía ese aroma a madera que nos invitaba a continuar con los cuentos y a dejarnos llevar por el embriagante sonido de tus palabras que una vez más animaban nuestro encuentro. Tú sabes muy bien que tienes esa capacidad de hacernos viajar por el espacio de las palabras, por un mundo imaginario que en realidad es sólo una muestra de tu vida cotidiana.
Pero de repente todo terminó. Se acabó vino, el queso solamente expelía un hedor nauseabundo y el encuentro finalizó, todos de pié y nos dispusimos a salir del lugar que nos cobijó por eternas 4 horas.
Y ese fue el último instante en el cual la magia nos rodeó, después de compartir una vida, ese último acto fue algo decidor en la historia de nuestras vidas. Para unos fue un golpe por la espalda, para los otros un suicidio, porque ese efecto embriagador del vino y tus palabras, simplemente nos condujeron al último punto en común: el fin.